PESCADOR DE RIO
La noche está oscura. No hay luna, es una de esas noches en que el río se transforma en un sonido, en un canto de agua y de brisa, en que el hombre a su lado es nada más que oídos, porque ese arrullo debe ser escuchado como la voz de la naturaleza que es.
No se distingue el camino pero él lo conoce y es como si lo viera. ¡Cómo no lo va a conocer!. Hace casi 40 años que todos los días a las cuatro de la mañana sale de su casa y camina las dos cuadras y media hasta la playa.
Su paso firme en la oscuridad coincide con un cuerpo fornido, no muy alto pero de contextura fuerte a pesar de que pronto cumplirá los sesenta.
Llegó a esta ciudad cuando tenía veinte años, con un bolsito en el que llevaba dos mudas de ropa y un montón de ilusiones en el corazón. Le habían dicho en el norte que en las canteras de los ingleses había trabajo. Y era cierto. Trabajó tres meses y cuando comenzaba a conocer el oficio, se cerró la empresa y ni siquiera llegó a cobrar la última quincena.
Se vio sólo, en un pueblo que no era el suyo y sin trabajo. Con "El Brasilero", un amigo que había venido de Salto se instalaron a la orilla del arroyo en una especie de carpa. Ya no podían pagar la habitación que compartían en una pensión familiar.
Para comer se dedicaron a pescar y un día su compañero le propuso vender pescado. Consiguieron prestado un bote con un "tano" propietario de un pequeño astillero y pidieron fiado para comprar chaura y anzuelos. Con ese primer espinel salieron al río y regresaron con el bote completo. No pudieron vender todo y hasta regalaron pescado a la escuela. Pagaron al barraquero y le propusieron al italiano comprarle el bote a pagar con lo que sacaran de la pesca.
Para no tener que remar más de un kilómetro por el arroyo hasta donde tenían su "rancho", acamparon sobre la costa del río, en la Playa Corralito. Desde ese momento no se había movido de ese barrio a no ser para vender el producto de su pesca por las calles del pueblo, haciendo el pregón tan característico con su voz ronca:
"PESCADO !!, PESCADO FRESCO !!!, PEEESCADOOOOOOR !!!"
La voz del "Negro Freire" como se lo conoce, es característica en las mañanas del pueblo. Antes pasaba con su caballete repleto de Bagres amarillos y blancos, Patíes, Surubíes, Bogas, Dorados y algún Machete. Una vez hasta había pescado una Manta Raya de 90 kilos, que vendió fraccionada en la esquina del puente. El caballete que usaba lo hizo con una alfajía de eucaliptus que encontró en la costa del arroyo y lo único que le ha hecho hasta ahora es cambiarle algunos alambres tensores. Ya no lo usa porque ahora vende en un carrito de dos ruedas que engancha detrás de su bicicleta. Pero ese caballete lo conserva en su casa como recuerdo de lo que logró con él.
No es que haya llegado a mucho pero por lo menos la casa que tiene, aunque modesta, es propia. Y a sus dos hijas no les faltó nunca nada. Aún cuando murió la madre y quedó él a cargo de la educación de las niñas.
Ya la pesca no es la misma. Dicen que por las represas, que porque los argentinos pescan con dinamita, que porque los brasileros usan redes finas y varias cosas más. Lo cierto es que hace mucho que no puede llenar el bote. Ya ni se acuerda de la última vez que salió un Surubí más o menos grande.
Todas las madrugadas es el mismo ritual de meter el bote al agua, charlar poco con los otros pescadores y remar lento para recoger el espinel. La charla queda para el regreso, cuando limpian el pescado y se aprontan a la venta. Algunos instalan su puesto fijo o le venden al mayorista que llega en la camioneta y paga poco. Pero él prefiere salir con su carrito por el pueblo pregonando su mercadería. Le gusta pensar que mantiene una tradición. A veces, a instancias de alguna abuela que lo recuerda de otras épocas, le tiene que contar a algún niño cómo es el caballete que ya no usa:
"Imagínate dos letras "A" unidas por arriba con un palo de dos metros. De ahí colgaba los pescados con juncos pasados por las agallas", les dice ayudándose con las manos para la explicación.
Mientras hace su recorrido piensa que hoy no es lo mismo. La vida se ha dejado ganar por la velocidad, la tecnología y lo pre fabricado. El hombre se ha dedicado con toda su inteligencia y laboriosidad a terminar con su mundo. Ya casi no existen lugares limpios de tóxicos y contaminantes en el planeta. Tal vez esta zona del Sur sea un poco menos poluída pero... La pesca ya no es la misma. Ya no salen los grandes Patíes y Surubíes. Sólo quedan dos o tres pescadores que logran sobrevivir de este oficio en un lugar que debería ser privilegiado para esta actividad.
Al Negro Freire le queda el consuelo de pensar que él es un ejemplo viviente de lo que fue este oficio de pescador de río. Sabe que nadie se lo va a reconocer pero su vida es su vida y hoy por hoy lo que le interesa es poder ver cómo sus nietos llegan a hombres, vivir sin problemas y pasar el tiempo charlando con algunos amigos a la orilla del río; leer mucho y contarle a algún niño cómo era su caballete repleto de pescados que hoy ya no salen.
Sabe que algún día alguien le contará a sus hijos de la época en que se escuchaba el grito ronco de:
"PESCADO !!, PESCADO FRESCO !!!, PEEESCADOOOOOOR !!!"
José Campot.
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